puertaquince

jueves, junio 21, 2007

Se llamaba Ernesto

Había ido a dejar al Pablo, el pololo del Horacio que vive en la calle merced, frente a la iglesia roja esa. Habíamos ido a comer a los chinos cerca de la casa del Pablo y aunque no como chinos porque me hinchan, igual me comí unos arrollaos primavera la zorra con harta salsa tamarindo. Los había ido a ver porque estaba ultra angustiao y quería estar con alguien. Ellos fumaron pito mientras yo veía las revistas de moda que tiene el Pablo, porque el loco es modisto, hace ropa ultra bacán, pero mientras los papás no hagan guaguas ultra bacanes que se pongas la ropa que hace el Pablo no sé qué va a pasar.

Ellos fumaron pito que les había dado la Yoya. Se rieron caleta. Yo no fumé porque me ahueono super rápido. Hace rato que no fumo pito, la última vez que lo hice fue cuando tiré con un hueón, fue bacán, hasta me felicitó porque duré caleta y me tuvo que pedir que me fuera cortao.

Había ido a dejar al Pablo en mi auto rojo que está que deja de andar, pero a mi me da igual porque es fiel el cacharrito ese. Estaba manejando por merced y cuando me toca roja en la esquina con De la barra caché que un hueón estaba sentao en el paradero como si estuviera esperando micro. Me miró caleta. Yo me corté pero lo miré de vuelta porque estaba rico. Abrió un poco la boca como finjiendo estar excitado y me miró aún más. Yo me hice como el que está cambiando la radio pero no caché que ya me había pasado como dos verdes y de vuelta el semáforo estaba en rojo.

El hueón estaba sentado en el paradero como si estuviera esperando la micro. Pero era raro que estuviera a esa hora esperando micro porque ya no pasan tan tarde. Eran como las doce y era mitad de semana. Hacía caleta de frío. El hueón se acercó al auto y yo bajé el vidrio. Le dije que lo llevaba, que pa onde iba porque a esa hora no pasaban micros. El loco me sonrió. Su sonrisa era bonita y a mi me gustó eso, además que sus ojos eran tiernos, me daban caleta de ganas de abrazarlo. No me importaba que no lo conociera, sentía que necesitaba abrazarlo y no era la primera vez que me pasaba con un hueón que no conocía.

Le dije que se subiera al auto, que lo llevaba porque afuera hacía frío. Levanté el pestillo del seguro y el cierre centralizado cedió y pudo abrir la puerta. Igual yo no soy hueón, tengo la cara y a veces me hago, pero yo cachaba que el loco no estaba esperando micro. Cuando estuve realmente seguro de eso fue cuando entró al auto y una ráfaga de perjume me golpeó de pronto. Me habían dado nauseas oler su perfume, pero era porque sentía un olor nuevo, el que me iba a quedar guardado en mi cerebro y que si lo volvía a oler me iba acordar de ese momento y de ese desconocido. Me dieron nauseas saber que iba a asociar a ese loco con ese olor, el que me persigue hasta ahora.

Se subió al auto y lo primero que hizo fue ponerse el cinturón. Yo no lo llevaba puesto porque a veces me habo el bacán y no me lo pongo. Pero él sí se lo puso. Me dijo que era bacán que yo no usara gel porque no le gustaban los hueones que lo usaban y me preguntó si fumaba cigarrillo y le dije que no, que antes fumaba pito pero que ya no fumaba niuna weá y caché que le gustó eso porque después me dijo que no le gustaba el olor al humo. Nos miramos y sentí algo en mi guata. Una cosa que no sé qué es, como un nervio raro pero que me gustó. Me preguntó a dónde quería que fuéramos y yo le dije que no sabía. El auto, que ya había estado parado en esa esquina por mucho rato, estaba cada vez más caliente porque tenía puesta la calefa. El loco se sacó la chaqueta y dejó al descubierto sus brazos. Eran bacanes como él.

Le dije que no sabía pa onde ir. Le dije que yo no era de estos barrios y el loco me dijo que se había dado cuenta a la legua porque no me había visto nunca. Su perfume y eso que me dijo confirmaron mi sospecha de que era un puto. Pero me dio lo mismo e incluso mis ganas de estar con él aumentaron.

Le pregunté pa onde quería ir él y me dijo que pal parque forestal, yo le dije que nica porque me daba miedo que aparecieran unos nazis y nos sacaran la chuchasumadre y que mejor nos fuéramos a un hotel. Se cagó de la risa. Me preguntó si me refería a un motel con M, recalcó y yo le dije que el día del pico me iba a un motel, que me daba asco y miedo porque me podían grabar pilucho, aunque no sé porqué ese miedo si no me conoce nadie.

Yo prefiero invitarte a un hotel, le dije. Me acordé cuando llamé al Holiday Inn del Bosque pa preguntar, cuando estaba parqueado en la pega, si aceptaban parejas del mismo sexo y la mina del teléfono me había dicho que obvio. Pero nicagando lo invitaba al Holiday porque estaba corto de monedas en ese momento, asi que lo llevé al primer hotel que vi, el Foresta, frente al Santa Lucía y a la vuelta de donde estábamos.

El bar de don Rodrigo no había cerrado todavía. Pasamos por afuera y le pregunté si quería un copete, me dijo que no. Nos dieron la pieza 405 con vista al cerro, como había pedido no sé porqué, porque era de noche y el cerro no se iba a ver, como inteligentemente me dijo él, dejando mi obsesión al descubierto. Llegamos a la pieza y me preguntó que qué era ese olor tan raro, yo le dije, cagao de vergüenza, de que quizás era el olor a los arrollados, que sorry.

Me dijo que filo. Nos empiluchamos. Él prendió la tele, estaban dando la cola del medianoche con el guachón del conductor ese, la cambió al toque, no estaba ni ahí con las noticias.

Le pedí que se diera vuelta y que se pusiera en posición fetal. El loco me dijo que por ser pasivo era más caro. Me reí un poco. Se puso como le pedí y lo abracé. Caché que se incomodó y me preguntó que qué estaba haciendo. Yo no supe qué responder y lo abracé con más fuerza y le empecé a dar besos en la espalda y nuca y le rasqué la espalda con mi barba insípida. Parecía excitado.

Me preguntó si íbamos a culiar y yo lo hice callar. Me gustaba abrazarlo y darle besos por la espalda. Puta que erí tierno, me dijo y se acurrucó en mi pecho peluo. Traté de correrle la cara para darle un pato en la boca y el loco me la corrió. Insistí y volvió a correrme la cara.

No quiero, me dijo, y no insitiai, querí? volvió a decir. Yo no caché porqué, y le pregunté que porqué tan mala onda, que si quería le pagaba más por un beso con lengua, y sus ojos se volvieron raros, como tristes y después de un rato me dijo, es que no me quiero enamorar de ti.

Me entristeció su respuesta, pero a la vez la encontré tierna. Dormimos abrazados esa noche y nos resignamos a hacer el amor sólo a través de abrazos, porque no quiero culiar, le dije, sólo quiero hacerte cariño. Me dijo que no me iba a cobrar, pero yo insistí en que sí.

Temprano en la mañana, una llamada de la recepción me despertó advirtiéndome que si me quedaba media hora más tenía que pagar una noche adicional. Colgué, me di vuelta y él no estaba. Al lado del teléfono una nota que decía, un beso, Ernesto.

La bola disco o la disco en bolas


Afuera la calle compañía del downtown chilensis con su zumbido diario de día de semana que llega a mi oído izquierdo el que da a la ventana que a su vez da a la calle y que a su vez recibe un viento helado por alguna mínima filtración de aire que se cuela por el frágil vidrio.

Afuera la calle y mi resaca producto del carrete de mitad de semana me recuerda, a través de flachasos, lo ocurrido en la disco anoche. Mis ganas de pasarlo bien y aquellas miradas penetrantes de cola furiosa que se compara en medio de la disco y que muestra sus bíceps, pectorales y pantorrillas orgullosa de su trabajo gimnástico.

Afuera la calle y frente a mí la botella vacía, toda carretiá como yo que estoy respirando mi aliento de puto triste frente al compu de la office, ese aliento que no hace más que recordarme las telas de cebolla que intentaban cubrir los pechos del bailarín coliflor de la tevé que meneaba sus caderas en esa puta disco, igualito como lo hace en el canal de todos a la hora de la once.

¿Soltero o comprometido? me preguntaba la guatona regia de la door de esa disco de mala muerte intentando ponerme una pulsera de colores pa poder entrar a ese lugar donde hasta el amigo se hacía el desentendido pa puro cuartiarse al puto rico de la noche, el que a su vez no miraba ni a la amiga wena onda que lo había acompañado a pasar las penas un día miércoles a las tres de la mañana.

“Viene con cover” decía la guatona torti y simpaticona de la door mientras me ponía una pulsera roja que decía “soltero”, la que me duró menos que un candi porque se la metí en el cuello a una amiga que la terminó tirando lejos porque vio a la girl que le gustaba atracando con otra loca en ese antro de putos abacanoaos.

“Una piscola” le dije al loco wena onda del bar a penas entré. Empinó la botella de capel y me sirvió “el trago nacional”, el que me lo tomé como aguita pa sumergirme en ese antro musculoso de machomenos.

Intenté mover las caderas con las amiguis pero éstas estaban más preocupadas de comadrear que de pescar al amigo cola wena onda que no se hallaba en esa disco.

La piscola me hizo cosquillas porque igual sentí esa discriminación cola por no inflar mi ego a su máxima expresión, pero no me importó, porque la guatona torti de la door me dio un dulce con forma de boca, diciéndome, con su mirada “chúpate este loli”.

El correo a diez mil metros de altura


El vuelo aterrizaba con una hora de retraso en el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris. Corría una tarde de invierno del mes de febrero y yo estaba sentado en la última fila de aquel Airbus A320 de Air France que cubría la ruta entre Berlín y la capital francesa.

Desde la ventanilla pude ver cómo el cielo se tornaba rojizo y cómo estaban claramente marcadas las rutas aéreas por una estela de vapor entrelazada en aquel cielo europeo.

No me importaba estar en la última fila. No me importaba haber sido el último en embarcar, ni mucho menos el último en desembarcar de aquel breve vuelo de no más de dos horas.

Mientras servían la comida, un tripulante no dejaba de mirarme. Quizás mi aspecto sudaca con mi pelo negro le llamaban la atención a aquel franchute de primera. Lo cierto es que cada vez que pasaba junto a mí, su mirada me succionaba la vergüenza que me daba que me mirara con esos ojos.

El vuelo aterrizó y mis ganas por dejarle mi correo electrónico hicieron que lo anotara en un papel antes de que el avión tocara tierra. Fui el último en desembarcar. A medida que avanzaba, pude notar que alguien me seguía, me di vuelta y era él, aquel hermoso francés que me había mirado todo el vuelo me seguía. Me di media vuelta y no hice más que desempuñar el papel con mi correo y decirle en inglés que me podía escribir cuando quisiera.

Rojo de vergüenza pude ver la salida del avión y en un dos por tres estaba en la manga rumbo a la Terminal.

Aquel hermoso aeromozo nunca me escribió y yo siempre esperé ansioso saber cómo se llamaba.