puertaquince

domingo, diciembre 24, 2006

el hotel con aroma francés o el día en que fui botones

el turno había empezado a las tres de la tarde y se extendería hasta poco antes de la media noche de aquel trabajo de verano de un día cualquiera de hace ya unos años.
había decidido entrar a trabajar como botones del Hyatt porque quería juntar dinero para ir al carnaval de Río de Janeiro con un ahora ex marido.
era una temporada de alta demanda, el hotel estaba completo y el aire acondicionado me estaba matando.
bien peinado, perfumado y elegantemente vestido me aprontaba a recibir a tres pasajeros que hacían su llegada al hotel: una mujer y dos hombres, todos con aspecto franchute.
justo la mañana de ese día había salido del hotel un grupo de gringos rumbo a valparaíso para tomar un crucero, por lo que excepcionalmente el hotel tenía disponibilidad.
el típico ruido de la campana sonaba desde la recepción. un colega botones y yo nos presentamos para guiar a los pasajeros a sus habitaciones. mi compañero llevó a la mujer y a mi me fueron asignados los dos hombres.
sin hablar demasiado les mostré el cuarto a los dos franceses al mismo tiempo que me percataba que eran mucho más que simples amigos, el porqué no lo sé, pero es un radar que me permite realizar esas detecciones y que tengo localizado en alguna parte de mi cuerpo y el que mis amigas han usado y abusado tratando de detectar si sus novios son o no gays.
en fin, les mostré el baño, la caja fuerte y el closet (aunque los dos estaban salidos de ahí mismo) y cuando les enseño sus camas la cara de ambos se desfiguró, ya que evidentemente éstas eran demasiado pequeñas.
Pero no fue esa la excusa que utilicé para proponerles un cambio de habitación, sino que la mala vista que les había tocado cuando podían acceder a una con la cordillera de los andes como protagonista.
inmediatamente tomé el teléfono al mismo tiempo que les pregunté si junto con el cambio de vista querían un cambio de cama y pasar de dos simples a una matrimonial, ante lo cual ellos, ya desfigurados por tener que pensar que debían caber en esas diminutas camas, manifestaron un cambio de color pasando del verde, al amarillo y terminado en el rojo, ya que supongo yo, ellos no pensarían que esa pregunta iba a ser formulada ni más ni menos que desde el tercer mundo.
se miraron y agradecidos dijeron yes, please. Me detengo en este punto, ya que la respuesta tuvo que ser en inglés porque para esa fecha aún no descubría mi lado francés, porque años más tarde y trabajando en Air France, me vine a enterar de que yo hablaba francés, poco y chamullado, pero lo hablaba.
al otro lado del teléfono la colega recepcionista me preguntó qué era lo que necesitaba y yo le dije que una habitación con mejor vista y con cama matrimonial para los dos pasajeros. Ella me dejó esperando mientras escuchaba como música de espera su respiración que cada vez se agitaba más a medida que iba escribiendo en su teclado y dándose cuenta de que los pasajeros que yo tenía en frente eran hombres... no duró mucho la espera cuando me dijo subiendo el tono, "¡pero si son dos hombres!", al mismo tiempo que le respondí, "yo no tengo problema y no creo que tu debieras tenerlo tampoco".
junto con darme las gracias, recibí una buena propinda por parte de los huéspedes franchutes, los que con un aspecto un tanto tímido, me dirigían miradas de agradecimiento cada vez que pasaban por conserjería del hotel.

los meses que no escribí y lo que escribí hace algunos meses



no he escrito desde que volvimos del viaje, eso fue el 1 de agosto de 2006. Siento y creo, como alguien por ahí me enseñó, que las casualidades no existen pero si las causalidades y eso tiene que ver con haber estado justo cuatro días antes de la guerra en una ciudad que quizás nunca volverá a ser como la vimos.
aquí un texto que escribí hace unos meses.

Esta es la primera vez desde que salí de Medio Oriente que me siento a escribir. Me habían pedido que lo hiciera para distintos medios estando en la zona, pero no pude, las palabras no salían y pasaba largo tiempo sentado frente al computador sin poder escribir ni una sola línea. Sólo rondaba mi cabeza las imágenes, los olores y los sabores de un viaje que sin duda no podré repetir, porque gran parte de lo que vi ya no existe.

Quise ir con mi madre a la tierra de nuestros orígenes para entender un poco más el mundo árabe, nuestro pasado y poder ver de dónde vienen nuestras raíces. Compramos dos boletos hasta Beirut, en un acto que debo reconocer, fue de mera casualidad, porque bien pudimos empezar el viaje desde otra parte, pero no fue así. El 2 de julio aterrizábamos en la capital libanesa y en el mismo aeropuerto que los israelíes bombardearon, destruyendo sus pistas de aterrizaje poco tiempo después que saliéramos de ese país, dejándolo incomunicado por cielo, mar y tierra.

El viaje tenía su eje central en investigar, entrevistando a políticos, intelectuales, académicos y estudiantes, sobre las implicancias para el mundo árabe de la construcción del muro de separación de ocho metros de alto por seiscientos kilómetros de largo que los israelíes construyeron para aislar a los palestinos, un muro horroroso que sólo crea odio y dolor y que tiene como verdaderos prisioneros a los palestinos que viven al interior de él.

En Beirut nos reunimos con intelectuales y políticos, entre ellos el Presidente Emile Lahoud y el líder y dirigente del Partido Alianza Druza, Walid Yumblat, ambos con una nula capacidad de proyección política, ya que sólo se miraban el obligo sin poder ver más allá de los cedros para darse cuenta de lo que se veía venir.

Palestina

Atrás quedaba Jordania mientras los cuarenta grados de temperatura reventaban el termómetro que alcanzaba a ver desde el asiento trasero de ese automóvil. En él, el Cónsul de Chile en Amman, un policía jordano, mi madre y yo.

A los pocos metros un policía israelí nos detuvo y ordenó que el Cónsul y el policía jordano abandonaran el automóvil, debiendo esperar en el calor sofocante.

Estábamos el chofer, mi madre y yo, cuando alcanzo a ver por el espejo retrovisor que las lágrimas de ese hombre empezaban a recorrer su rostro. La brisa caliente de los cuarenta grados invadió el automóvil al mismo tiempo que el chofer bajaba todas las ventanas. Al preguntarle qué le pasaba el respondió: "yo soy palestino y hace treinta años que no vuelvo a mi tierra. Hoy es la primera vez desde que me expulsaron que puedo volver aunque sea por unos segundos".

Al llegar a la frontera me abrazó y me pidió que por favor le trajera una rama con hojas de olivos para poder mostrárselo a su familia. Y así lo hice.

Estoy impactado por lo que vi. Esos cientos de kilómetros de muro es algo que jamás había visto. Los palestinos no pueden atravesar ni circular libremente y cuando quieren salir, deben pedir permiso a la autoridad israelí con al menos dos meses de anticipación, permiso que casi nunca se los otorgan.

Un día en Belén esperaba a mi madre cuando llegaron seis mujeres musulmanas. Una de ellas me habló en inglés y me contó su caso. Ella, de veinte años, había vivido toda su vida en calidad de refugiada y me explicó que una de las formas que los judíos tienen para atacar a los palestinos es denigrar su orgullo, atar a los padres y golpearlos en frente de toda la familia. Fue ahí cuando me di cuenta de que la verdadera resistencia la tienen los musulmanes, ya que los cristianos están deprimidos y sólo quieren salir de ahí. Es terrible saber que esa niña que quiere estudiar, sólo puede ir a la universidad si los encargados del check point la dejan, porque hay días en que se cierra el paso y nadie puede atravesar.

Entre las ruinas, los sabores, las fiestas, las pirámides y todo lo que vi en Medio Oriente, me quedo con el recuerdo de los arguiles que fumé con los palestinos y las ganas que tengo de volver a pisar esas tierras. De poder ayudar a que la opinión pública internacional haga algo por ellos, por ese pueblo al que no se les respetan sus derechos y donde los acuerdos de las Naciones Unidas se los lleva el viento. Pienso en los diez mil presos palestinos, en su mayoría mujeres y niños que están encarcelados y que sus vidas parecen no valer más que las de dos judíos, cuando se supone que todos somos iguales.

Sólo espero que los pocos judíos que no piensan que todos los palestinos son terroristas y que los pocos palestinos que no odian a los judíos puedan hacer algo, algo como vivir en paz.