puertaquince

lunes, septiembre 24, 2007

“AEROPUERTO DE SANTIAGO O LA PAJARERA DE METAL”

Lo que antes era la pomposa y en ese entonces moderna terminal nacional e internacional del aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benitez (conocido sólo en su casa) ahora es sólo un hangar de carga donde Aduana de Chile se encarga de guardar celosamente los artículos que son retenidos a los viajeros despistados que seguramente un día se les olvidó que debían declarar las carteras de cuero de canguro, o los relojes de diamantes o a algún animal exótico en peligro de extinción.

“A veces se hacen remates, el precio es absurdo y siempre van los mismos, ya sabes, así es Chile, todo queda entre amigos, entonces se compran y se venden entre ellos mismos”, dice REM mirándose un anillo que aparenta ser real y que revela sus más de cuarenta años de servicio en una aerolínea de bandera europea. En eso llega otra funcionaria expeliendo un aroma a perfume franchute, recién empezaba su turno, se saludan de dos besos, “al más puro estilo francés”, asegura REM, “lo único que les falta acá es sacar el queso y la champagne”.

Son miles los funcionarios aeronáuticos que desfilan a diario por la pasarela de baldosa mostrando sus uniformes lustrados y sus mejores maquillajes, entre ellos y por orden jerárquico; los del aseo, quienes se encargan a cada segundo de sacarle brillo a la terminal con sus grandes traperos, sus miradas siempre apuntan al suelo y por lo general escuchan música todo el día a través de sus personal stereo, quizás acostumbrados al anonimato. Luego están los guardias de seguridad a los que sólo les falta el caballo porque son idénticos a los respetables funcionarios de la Policía montada de Canadá, con esos sombreros extraños y las camisas con condecoraciones falsas. Luego están los funcionarios de las aerolíneas, se distinguen entre ellos por los coloridos de sus uniformes, cuál más siútico que el otro, ellas van con el pelo tomado, exageradamente maquilladas, con zapatos de taco, casi siempre con falda larga, aunque las más osadas y cartuchas van con pantalón, por lo general con un pañuelo al viento y una sonrisa falsa de oreja a oreja, que cuando se despiden de los pasajeros y éstos se dan media vuelta ellas agarran a la compañera de turno, a la más cercana y descuartizan al pasajero en puro pelambre. Luego están los de Policía Internacional, ellos tienen su terreno, fuera de éste no son nadie, pero al ciudadano que se le ocurra pisar más allá de la flecha que dice “embarque internacional” pasa a tierra minada; ellos se pasean con seguridad por las alfombras y las casetas de su territorio, se encargan de digitar en una pantalla todos tus datos y chequear, por medio de una cámara que se instaló hace semanas, tu foto en el computador. Son apáticos, serios y siempre están enojados, no se tutean y se hablan en código. El personal de seguridad (no confundir con los guardias de seguridad, esos de la respetable Policía montada de Canadá) usan un traje negro y se encargan de que las señoras no lleven en su equipaje de mano pinzas, tijeras, corta uñas o cualquier elemento corto punzante. Posteriormente está el personal de antinarcótico que se pasean con perros drogadictos en búsqueda de explosivos, cocaína o marihuana y por último, están los funcionarios del consorcio aeroportuario, ellos son como los dueños de casa y son los más respetados, nunca se ven porque están detrás de los miles de monitores que revelan a través de las miles de cámaras ocultas lo que pasa dentro de la terminal aérea.

ÉRASE UNA VEZ UNA AZAFATA

Se pasean sólo por algunos sectores del aeropuerto, tienen acceso ilimitado a éste, las conocen exclusivamente los que no viajan y según el orden jerárquico están ubicadas entre los guardias de seguridad y los uniformados de las compañías aeronáuticas. También son hombres, pero predominan las mujeres, están ahí hace años. Se pasean con carritos al más puro estilo azafata, usan uniforme inventado por ellas y todavía creen que algún día podrán embarcar un avión y darle la más cordial de las bienvenidas a bordo en cuatro idiomas a cientos de pasajeros. Tienen edad avanzada y conocen miles de historias, han escuchado y visto de todo, venden cuchuflí, sándwich o cualquier otro comestible a los funcionarios que trabajan ahí y según cuenta su historia, algún día fueron funcionarias de alguna aerolínea que algún día se fue a la quiebra.

LA PUERTA 15

Dentro de la salas de embarque existen las puertas de embarque, éstas no llevan una numerología lógica y empiezan del número 10 en el sector internacional y terminan en la 25 en el sector nacional. Dentro del área internacional se encuentra la puerta 15. Es la más codiciada por los funcionarios de las compañías aéreas porque es la más cómoda y espaciosa. Dicen las lenguas que esa puerta fue construida especialmente para un avión que la empresa fabricante de aviones, Boeing iba a construir. “Iba a tener tres pisos y una capacidad como para setecientas personas, iba a ser el avión más grande de la Boeing”, dice Pía con una cara de exitación como si fuese una niña a la que se le prometió ir al parque a jugar, ella es ex funcionaria de la aerolínea KLM que un día voló a Chile y que luego de problemas económicos dejó de hacerlo dejando sin empleo a cientos de funcionarios. Cada día luego de ser construida la puerta 15, los funcionarios han prestado máxima atención a los pájaros de fierro que han tocado tierra en la pajarera de hierro. Van más de siete años desde que se construyó la terminal nueva de pasajeros y todavía no llega el anhelado Boeing que prometía albergar a un número de pasajeros nunca antes superado. A diario, los aéreos que se posan frente a la puerta 15 y el personal de la “afortunada” compañía a la que se le otorgó el embarque por dicha puerta creen ser aquel mega jet que nunca pasó a ser más allá que un rumor.

POLLITOS EN FUGA

“Era un cargamento de pollitos, debíamos mandarlo entre Chile y Amsterdam, eran como cincuenta aves que iban en el compartimento de carga super bien enjaulados”, cuenta Pía rememorando sus años de servicio en la holandesa KLM. Ese día cargaron el avión, un jumbo 747 combinado, la mitad de pasajeros y la mitad de carga. Entre las maletas de los pasajeros iba un cargamento de pollos que debían ir a un laboratorio en Amsterdam. Luego de más de quince horas de vuelo el avión se posó sobre la losa del aeropuerto de la capital holandesa, al iniciar el conteo de carga se percataron de que faltaba uno de los pollos, quedando el total en cuarenta y nueve plumíferos. Se hizo un rastreo exhaustivo y nunca se pudo dar con el paradero de aquél ave. Un mes después el avión hizo la ruta inversa volando desde Europa a Chile, fue el personal de limpieza del aeropuerto quien se percató que en la cabina del piloto estaba escondido un animal casi moribundo, al prestarle más atención se dieron cuenta que se trataba de aquel pollo que un día fue embarcado en un pájaro más grande que él y que en vez de plumas tenía una estructura rígida de metal.


El aeropuerto esconde historias, personajes, anécdotas. A diario son los miles de funcionarios los que se tienen que relacionar con otros miles de viajeros que siempre están en movimiento, son ellos los que siempre llegan o se van, los que nunca están, los que nunca pertenecen a un mismo lugar. Los funcionarios se conocen entre ellos, tienen códigos que solo ellos manejan, dialectos que solo ellos entienden y técnicas que solo ellos pueden usar porque nadie más que ellos conoce mejor la gran pajarera de metal.