puertaquince

martes, junio 19, 2007

La revista porno y el último llamado de embarque


El vuelo British Airways llegaba con retraso una noche de invierno del mes de febrero desde el aeropuerto internacional de Manchester al aeropuerto de Berlin Tegel en la capital alemana.

El Canadian Regional Jet de bandera inglesa, con capacidad para sólo cincuenta pasajeros, aterrizaba con dos horas de demora producto de la intensa nevazón que había azotado Berlín sólo unos minutos antes de nuestro aterrizaje.

Diez días en la capital alemana y de vuelta al aeropuerto Tegel para emprender rumbo a Atenas, Grecia. Una chilena amiga de la familia que me hospedaba me fue a despedir para tomar el vuelo Olympic Airways, una de las últimas aerolíneas del mundo que prohibió a sus pasajeros fumar a bordo de sus aviones.

De aquella muchacha, y siete años transcurrido ese momento en aquel aeropuerto, sólo me puedo acordar de su rostro y de su (a la fuerza) rojizo pelo y de aquel momento en la cafetería del aeropuerto mientras un piloto de Austrian Airlines descongelaba su parabrisas para despegar aquella fría mañana de invierno europeo, al mismo tiempo que aterrizaba un Boeing 737 -300 de KLM proveniente de Amsterdam.

Tras la fría despedida, y mientras los ojos de aquella falsa pelirroja continuaban observándome, logré divisar un gran kiosco de revistas. Al ingresar a aquel lugar y al percatarme que la pelirroja ya no estaba, decidí revisar la variedad de revistas que ofrecía aquel lugar, encontrándome, para mi sorpresa, con una vasta variedad de revistas gay, y a las que yo nunca en mi vida había podido tener acceso, hasta ese momento.

Como si mis manos fuesen a arder al tocar un ejemplar de una de las revistas, un cuerpo casi desnudo de un macho bien alegre incentivaba a la lectura o a revisar las fotografías de aquellos guapos hombres que no hacían más que calentar(me) en aquella fría mañana berlinesa.

Mi pudor y delirio de persecución me impidió seguir más allá con mi hazaña veinte añera. Revisé mi tarjeta de embarque y corroboré mi puerta de embarque en los monitores de aquel aeropuerto. Me dirigí a ella, embarqué y despegué dejando atrás aquel oasis en medio del desierto que despertaba algo en mí, que hasta ese minuto no había explorado: mi (homo)sexualidad.

Otros diez días en Grecia y de vuelta a Berlin. Una vez más, y ahora por segunda vez, aterrizaba en el aeropuerto de Tegel, ya no provenía de Manchester, sino que de Atenas. Envuelto en lágrimas caí en los brazos de Norita, quien sorprendida intentó calmarme, al mismo tiempo que yo le decía lo especial que había sido estar en la capital griega y dejando entrever lo que me había sucedido: un flechazo con Antoni, el primer hombre, después de Pablito Ruiz, por el que me había enamorado sin saber lo que esa palabra significaba, y que no descubro hasta ahora.

Atrás quedaba el kiosco sin que me acordara de éste hasta que habíamos llegado a casa. Subí corriendo las escaleras, me encerré con un equipo y puse a todo volumen un CD de música griega. Abracé una almohada y lloré por horas pensando en él. A mis veinte años había conocido el amor, pero el muchacho de la portada todavía no había sido borrado de mi cabeza.

Dos noches en Berlín y de vuelta al aeropuerto. Esta vez tomaría un vuelo Air France entre la capital alemana y la capital francesa, para arribar a París al atardecer de aquel mes de febrero.

Norita me dejó frente a los mesones de la compañía francesa. Un apagón de luz impedía hacer el check in a través de los ordenadores, por lo que el procedimiento debió ser manual. Norita no aguantó la espera y para mi suerte, me abandonó en aquel gran aeropuerto, donde junto a mi maleta, cargaba las enormes ganas de volver a entrar a ese kiosco, a ese paraíso sodomita y tomar aire, llenarme de coraje e invertir así, por primera vez, en una revista gay.

No me importó el asiento. Es más, pedí el último porque sabía que mis ganas iba a hacer que leyera esa revista arriba del avión y como no quería que nadie me viera, pues elegí el que nadie elije: el último asiento de aquel avión.

Temblando y agradecido de aquellos bototos que pesaban diez kilos en cada pie y que me mantenían estable, entré al kiosco. Me dirigí directamente al sector de las revistas. Me di vueltas para evitar que si alguien me observaba, supiera de mi cometido. Me paré frente a aquel sonriente muchacho, el mismo que me mostró su cuerpo desnudo antes de tomar el avión a Grecia, doce días antes.

Estiré mis brazos. Le sonreí con complicidad a aquel hombre, a mi primer hombre y apreté la revista con mis manos, como si estuviese abrazándolo con pasión, tal como si él y yo nos hubiésemos enamorado a primera vista. Me costó entregarlo a la cajera para que viera el precio, pero al hacerlo me pidió mi tarjeta de embarque para corroborar mis datos, sus ojos se exaltaron, pero no por mi nuevo amante, sino que porque mi vuelo despegaría en cuestión de minutos y a mí me quedaba el control de seguridad de aquel aeropuerto.

Corrí hacia seguridad mientras escuchaba mi nombre por los parlantes pidiéndome que me dirigiera a la puerta de embarque urgentemente o de lo contrario mis maletas serían desembarcadas por seguridad y yo pedería el vuelo por calentón.

Llegué a seguridad y me pidieron depositar, como de costumbre, todos mis objetos en una caja de plástico mientras ella pasaba por rayos y yo por el control de metales. Mis bototos, el cinturón, monedas y mi billetera sonaron insistentemente, mientras mi novio, desnudo en la portada de aquella revista y protegida en la caja plástica, me aguardaba al otro lado del control de seguridad: él no había sonado porque estaba desnudo, obvio.

Casi tres veces tuve que pasar por el detector de metales, cuando levanto la cabeza y veo cómo tres oficiales de seguridad del aeropuerto de Berlin Tegel abrían mi revista y la observaban con alegría.

En un instante figuraba pidiéndole explicaciones en inglés a los policías. Mi rostro hervía de vergüenza, creía que hasta me podrían llevar preso por llevar conmigo esa revista. Yo no escuchaba a nadie más que a mi consciencia que se burlaba de la situación porque sabía que nunca debí haberlo hecho.

Entre los llamados que hacía Air France para que embarcara y mi vergüenza, uno de los policías me dijo que no me preocupara, que ellos sólo la estaban viendo porque es importada de Inglaterra y porque no es una de las más baratas. Pero que no me preocupara, que ellos la estaban viendo porque también las leían, sólo que no las podían comprar por el precio.

Tomé a mi nuevo novio desnudo y les sonreí a los policías diciéndoles adiós. Me subí al avión, me senté al lado de la ventanilla y durante las casi dos horas que duró el vuelo, no hice más que fantasear estar en Europa enamorado de una revista.

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